El capital circulante desempeña un papel decisivo en cualquier operación corporativa, aunque a menudo pase desapercibido en los análisis financieros. Durante una fusión, adquisición o venta de empresa, la correcta gestión del capital circulante puede inclinar la balanza en la valoración y las condiciones de la transacción.
Para empezar, comprador y vendedor deben acordar un nivel de capital circulante de referencia —basado en datos históricos y necesidades operativas—. Si al cierre de la operación se supera dicho nivel, el vendedor puede recibir un pago adicional; si está por debajo, el comprador ajustará el precio a la baja.
La complejidad aparece cuando el capital circulante fluctúa por factores estacionales, ciclos de cobro y pago o la gestión del inventario. Por eso, analizar cuidadosamente sus variaciones a lo largo del tiempo es indispensable para anticipar sorpresas y evitar tensiones en la due diligence.
El Capital Circulante (CC) o Working Capital (WC) no es caja a cobrar directamente en una transacción. Sin embargo, actúa como un vaso comunicante con la caja: cuando el WC baja, la caja aumenta y viceversa. Por este motivo, los compradores están pendientes de evitar el vaciado artificial del WC antes del cierre: si se cobran facturas anticipadamente o se retrasan pagos a proveedores para engordar la caja, tarde o temprano se ajustará el precio en consecuencia.
Para esquivar estas situaciones, el comprador introduce cláusulas en el contrato de compraventa que protegen su inversión. Un mecanismo habitual consiste en comparar el WC en el momento del cierre con la media de los últimos 12 meses, de modo que si está por debajo de esa media, se aplica un ajuste negativo en el precio y, si está por encima, el vendedor podría recibir un ajuste positivo. Además, el comprador exige que el vendedor declare y garantice haber gestionado el capital circulante con diligencia y de acuerdo con las prácticas operativas habituales.
Por otro lado, aislando las posibles necesidades de Capex, el crecimiento de un negocio suele requerir fuertes inversiones en WC: a mayor crecimiento, mayor necesidad de circulante. Esto provoca que parte de la caja generada se quede retenida y no se convierta en beneficio líquido de forma inmediata, pudiendo forzar la búsqueda de financiación adicional.
Así, las compañías en pleno crecimiento pueden “perder” en la negociación por el impacto en el precio de invertir en un WC elevado; no obstante, suelen compensarlo con un múltiplo de valoración superior, característico de las empresas con mayor potencial de expansión.
En definitiva, el capital circulante es un factor crítico en las operaciones corporativas y un pilar esencial en la creación de valor. Mantenerlo bajo control, optimizarlo y ajustarlo a la realidad del negocio ofrece recompensas tanto a corto como a largo plazo. Con una planificación adecuada y un enfoque colaborativo, se pueden minimizar riesgos y maximizar la rentabilidad de la transacción, dejando patente la importancia de una gestión financiera eficiente en todo momento.





